Cómo afrontamos la muerte de una mascota con nuestra hija

La muerte de una mascota es algo muy triste. Las mascotas forman parte de nuestra vida, de nuestra familia y les queremos como un miembro más de la misma. Y si en la familia hay peques, todo este proceso se convierte en algo más complicado.

Todo el tiempo que nuestra gata Boo estuvo en el hospital, estuve preparando a Lucy por si pasaba lo peor. Boo era una gata de 16 años, con un problema renal en el que los valores de creatinina cuadriplicaban lo normal. El primer día de hospitalización le bajó, pero al siguiente le volvió a subir y ahí se estancó. Aunque teníamos esperanzas, no pintaba nada bien y así nos lo hizo saber la veterinaria.

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Para que nuestra hija entendiera lo que estaba pasando, le comparamos la situación con la que vivimos hace unos meses con la muerte de su abuelo paterno. En ese entonces, creo que no era capaz de entender el concepto de la muerte como tal, solo lograba entender que estaba malito y mayor, y que su abuelo se había ido pero no hacía más que preguntar a dónde.

No queríamos contarle que estaba en un cielo o en otro lugar parecido, porque no practicamos el cristianismo y tampoco sabemos qué hay más allá, pero no pudimos evitar que otras personas hicieran ese tipo de comentarios. Al final, entre unas cosas y otras, ella lo que pensó es que su abuelo ahora estaba mejor, que ya no estaba enfermo. Sabía que ya no estaba en la casa de la abuela e incluso repetía: “pobrecito mi abuelo que se ha muerto”, pero realmente no entendía lo que le había pasado.

En el caso de Boo, yo estaba bastante angustiada. Mi hija la había visto ponerse malita, había ido a verla al hospital mientras estaba ingresada, y a su gata la veía e interaccionaba con ella todo los días. Mi estado de ánimo no estaba tan fuerte para contestar a las miles de preguntas que se venían encima, por eso, le repetía una y otra vez que nuestra gata estaba muy enferma, que era muy mayor (aunque esto se lo repetía a diario para que tuviera cuidado con “la viejita”) y que a lo mejor en el hospital veterinario no la iban a poder curar. Ella estaba convencida que con ir al veterinario todo se iba a arreglar, y no entendía por qué no nos llevábamos a Boo a casa.

Sus valores no descendían, no se alimentaba por lo que no podía ir a casa, estaba aletargada, delgada y muy débil, y aunque lograse salir del hospital no tendría calidad de vida y muy probablemente tendría que estar ingresando el resto de lo poco que le quedase. Tomamos la decisión más dura y difícil, para que se fuera lo mejor posible y antes de alargarlo demasiado. Creo que la conversación que tuve con la veterinaria por teléfono ha sido de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida.

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El día que Boo se marchó para siempre, dejamos a Lucy con la tía Candy. Esa misma mañana habíamos visitado a Boo en el hospital. Lucy la había dado besos y se había despedido de ella al irse, aunque no éramos conscientes de que era la última vez que la vería.

Por la tarde, y después de despedirnos de Boo para siempre, no nos vimos capaces de explicarle lo ocurrido a nuestra hija de primeras. Decidimos comprarle un collar con una gatita y cuando ella preguntase, decirle que Boo la quería y que el collar era para recordarla siempre. Nosotros no estábamos preparados para decirla a nuestra hija que su gata había muerto, y esperaríamos a que ella preguntase por Boo. Ahora lo pienso, y evidentemente la curiosidad de nuestra hija no se quedaría ahí, fuimos un poquito ilusos.

Pero como siempre, los planes no siempre salen bien y como se mete en todo, al día siguiente vió el collar entes de que yo estuviera preparada para hablar del tema. Entonces le explicamos que Boo estaba muy malita que era muy mayor y que lo mejor era que descansara y que con el collar de la gatita la recordaría siempre.

Nunca mencionamos la palabra muerte, en ningún momento le dijimos que Boo había muerto.

Parecía que, al igual que con su abuelo, había más o menos entendido que ya no iba volver a ver a su gata más, pero yo pensaba que seguía sin entender lo que pasaba.

Hasta que ese misma noche me preguntó cuándo iba a venir a casa Boo.

Evitando hablar claramente con ella, solo habíamos conseguido que no entendiese nada, y lo que es peor, que siguiera teniendo esperanzas. Le dije que ya se lo habíamos explicado antes, pero estaba claro que no muy bien.

La cogí en brazos y le dije que Boo no iba a venir a casa más, que estaba muy malita y no la habían podido curar. Ella no lo entendía y decidí que era mejor soltarlo de una vez, Lucy lo estaba pasando mal porque no lo entendía, justo lo que queríamos evitar. Habíamos estado evitando que lo pasara mal, pero solo la confundíamos. Recordé que hay mentiras infantiles que me dijeron en su momento, y que con el paso del tiempo había descubierto. Esas mentiras no me sentaron nada bien.

“Boo ha muerto cariño”. Y su cara cambió por completo.

Comenzó a llorar, a decir que ella no quería que Boo se muriese, le dije que yo tampoco. Y no pude evitar llorar.

Le expliqué de nuevo que estaba mayor y muy enferma, que no iba a mejorar, y que así había dejado de sufrir, por fin descansaría.

Entonces, comenzó a decir un montón de cosas, llorando y con frustración, como que ella no tenía un plan para que Boo se curase, y le dije que los veterinarios tampoco habían podido hacerlo.

Me preguntó que entonces dónde estaba ahora y le dije la verdad, que no lo sabía. Solo le dije que se había quedado dormidita y tranquila, sabiendo que nosotros la queríamos mucho y que habíamos hecho todo lo posible porque se pusiera bien.

Ella dijo que iba a pensar mucho en ella, le dije que yo también y que eso era bueno. Que la echaríamos mucho de menos, pero que recordaríamos lo bonita y cariñosa que era. Le dije que cerrase los ojos y recordase lo suave que era y cómo maullaba. Yo esto lo sigo haciendo todos los días, es la única manera en la que recuerdo su olor.

Y lloró, lloró de impotencia, negando a veces lo que había pasado. Igual que yo. Lloraba porque entendió que no iba a ver a Boo más y cuando lo dijo con los ojos llenos de lágrimas, supe que por fin lo había entendido. Mi hija también tenía que pasar por un duelo, un duelo que ahora veo necesario, incluso como un derecho para ella.

Hablamos mucho de recordar a Boo, de pensar en ella y en momentos que pasamos juntas. Seguimos haciéndolo y lo haremos siempre.

Y entonces dijo que quería hacer un dibujo, su manera preferida de expresarse y de contar historias. Es ella, pensando en Boo.

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La segunda parte de explicaciones vendría un par de días después; Hace unos 4 años nuestro gato Sairon falleció de repente en casa. Lucy no lo recuerda porque era muy pequeña, pero para su padre y para mí, fue un duro golpe.

Quisimos hacer algo especial con él, queríamos que de alguna manera siguiera presente en casa y hablamos con una empresa que se dedica a cremaciones de mascotas, para que se ocuparan de él. A mucha gente esto le parecerá una exageración o les dará grima, y lo respeto, pero a nosotros nos proporcionó consuelo y en esta ocasión hicimos lo mismo con Boo.

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Pero cuando Boo llegó a casa, Lucy quería saber lo que habían traído, y sabe leer y escribir la palabra “BOO”, así que supo enseguida que algo tenía que ver con su gata; Sorprendentemente, también lo entendió muy bien, después de escuchar muy atentamente a su padre, haciendo silencios para pensar y hacer unas cuántas preguntas. Ahora sabe que cuando alguien se muere, o lo entierran o lo encineran, y que las cenizas las podemos tener en casa, pero creo que realmente el proceso de cremación no lo entiende. Para ella Boo “se convirtió en cenizas” como por arte de magia, y eso me parece muy bonito y suficiente para una niña de 4 años que acaba de perder a su amiga gatuna.

A veces, intentando evitar que nuestros peques sufran, solo les confundimos. Son peques, pero no son tontos, y son capaces de entender muchas cosas. Creo que hablar con mi hija claramente fue lo mejor, aunque llorase desconsoladamente, como jamás la había visto llorar. Pero lo hizo conmigo, en mis brazos, con mi consuelo, con mis respuestas a sus preguntas, mi apoyo y entendimiento de su dolor, con mis frases de ánimos y mis besos…

La muerte forma parte de la vida, y aunque ahora me pregunta más a menudo si alguien se va a morir, creo que no azucarar la situación ha sido lo más adecuado. En casa estamos todos tristes, recordamos a Boo y lloramos, compartimos esos momentos y no nos escondemos. Queremos a Boo, nos duele no oír sus maullidos, y no poder acariciar su cuerpecito suave y gris. Esperamos que entre en la cocina saludando y eso ya no volverá a pasar. Echamos de menos lo pesada que era cuando se quería subir encima de alguien, y su presencia de gata de raza y con carácter que un día encontré en la calle y que me traje a casa con 19 años, sin saber muy bien qué hacer con ella ni cómo cuidarla, cual madre primeriza.

Por mi parte, siento que me falta alguien importante, porque para mi Boo fue una compañera cariñosa, leal y muy especial durante muchos años. Crecimos juntas y estuvo a mi lado en multitud de momentos importantes de mi vida, y yo de la suya. Dicen que las gatas son muy independientes y despegadas, pero Boo me quería y me lo demostraba a diario desde hace 16 años. Puede que fuera el ser vivo que me ha querido con más adoración de la manera más incondicional.

Te quiero Boo. Gracias por todo.

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