Control de Esfínteres sin “Operación Pañal”

Cada verano comienza la “operación pañal” de niños y niñas que en septiembre empezarán la etapa de educación infantil en el colegio. En la gran mayoría, por no decir en todos, los alumnos y alumnas del centro deben acudir a clase sin pañal, y esto obliga a muchas familias a adelantar el proceso fisiológico del control de esfínteres.

A veces, es fácil y en seguida comienzan a ir al baño de manera normal. Otras veces no es tan fácil y la fregona se convierte en una de las protagonistas de esta etapa. Algunos peques no lo pasan nada bien, porque realmente no están preparados para ello, y lo que se podría conseguir de manera natural respetando los tiempos y ritmos de cada niño y cada niña, se adelanta y convierte en una obligación externa a las decisiones de cada familia.

El control de esfínteres no se trata de un aprendizaje, forma parte de una maduración fisiológica y se consigue cuando el niño o niña está preparado para ello.

 

Fisiológicamente, los peques suelen alcanzar esa maduración alrededor de los 3 años. Algunos antes y otros después. Y se considera que hay un problema si no consiguen controlar sus esfínteres sobre los 4 años.

Esta etapa de aprendizaje tiene mucha importancia en el desarrollo mental, emocional y social del niño. Comienzan a aceptar por sí mismos una regla básica y deciden no satisfacer sus necesidades inmediatas controlando su esfínter.

Siempre me ha resultado hilarante que una de las primeras experiencias irrespetuosas con los niños y niñas, provenga de un mandato de los centros educativos dónde deberían tener más en cuenta las necesidades y los procesos madurativos de los mismos. Muchas veces se debe a un problema de falta de personal y logística, y aunque es cierto que algunos centros tienen deferencias con niños y niñas que llegan a septiembre con pañal, teniendo en cuenta factores como la fecha de nacimiento o problemas médicos, en la gran mayoría son inflexibles y la presión para “despañalar” es considerable.

Esa fue una de las principales razones por las que no escolarizamos a Lucy con 3 años, ya que nació en diciembre y no deseábamos forzar esa situación. Queríamos que esa etapa la llevara de la manera más natural posible, decidiendo ella misma cuándo estaba preparada. No aceptábamos una carrera de fondo, ni deseábamos fijar una fecha tope para ello.

No cabe duda que permitir que ese momento llegue cuando estén preparados, es algo desconocido. Algo que cuando lo comentas, la gente lo confunde con ponerles en el orinal cada hora como si fuera lo mismo, como si no hubiera otra manera de conseguirlo.

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En general no se suele creer que en algún momento, niños y niñas puedan decidir y aprender por si mismos, y siempre hay que “ayudarles” de alguna manera, y a lo mejor es cierto, pero creo que estamos dirigiendo muy mal esa ayuda.

En casa decidimos que respetaríamos los tiempos de Lucy en los procesos fisiológicos. Puede que sea más lento e incluso más duro, pero al final del camino, aunque más largo, conseguimos muy buenos resultados.

No Utilizamos Métodos Conductistas

Nunca hemos querido utilizar conductismos con nuestra hija, ni a la hora de comer, ni a la de dormir, por lo que esta etapa tan importante no iba a ser menos. No queríamos que fuese un entrenamiento, ni quisimos utilizar métodos basados en premios o castigos.

Estos métodos pueden funcionar, claro que si, pero no favorecen la autonomía porque dependen de otra persona o premio para lograrlo. Hay que hacer pipí en el baño, porque ya somos mayores, porque estamos preparados, y porque lo hacemos todos sin que nos premien por ello, es algo necesario según crecemos.

El control de esfínteres no es un aprendizaje mecánico,

no es algo que se entrena.

Un Ambiente Adecuado

No se trata de ejercer presión, ni de olvidarse completamente del tema. Lo primero es preparar el baño para que tome conciencia de que también puede utilizarlo igual que papá y mamá.

Facilitar que alcance el váter con una escalerita, colocar un adaptador o comprar un orinal a su gusto favorecen la curiosidad y las ganas de probar eso tan nuevo que ya ha visto tantas veces en casa y que puede aprender a hacer igual que ha aprendido a gatear, a andar, a comer….

Invitarle a ello, como opción y sin presión, darle la posibilidad y recordarle que puede hacerlo.

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Adaptador de IKEA

Es Importante Normalizar el Proceso

Debemos tener en cuenta que cada niño tiene su tiempo y que no es una ciencia perfecta.  No hay que tener grandes expectativas al respecto, porque puede parecer que nuestro hijo o hija está preparado y luego no lo está.

Debe ser tan normal que lo haga como que no lo haga. Nada de enfadarse con ellos, ni hacer comparaciones (que son odiosas) con otros niños o situaciones. Cada peque es un mundo y tiene sus momentos para todo.

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Fases por las que ha pasado Lucy

Alcanzar el control de esfínteres no es igual para cada niño o niña, ni lleva el mismo tiempo, ni siquiera pasa por las mismas etapas. Pero cuando se trata de lograrlo de manera natural y sin dirigir por ningún adulto, toca estar muy atenta a las señales y adentrarse en algo nuevo que no viene en ningún libro.

Echando la mirada atrás, hay cosas que no hemos hecho todo lo bien que deberíamos. Nadar a contracorriente a veces es difícil y puedes caer en esas conductas sociales aprendidas e incluso dirigir sin querer a tu hija.

Este proceso que cuento a continuación, comenzó más o menos sobre los 23 meses, y se alargó hasta los 38, lo que me hace pensar que este proceso comenzó mucho antes de que ella estuviese preparada.

  • Curiosidad por el váter.

No hay madre que vaya al baño sola, por lo que a cierta edad, se dan cuenta que no estás ahí sentada simplemente, e incluso te piden ver lo que estás haciendo.

Sobre los 2 años preparamos el ambiente para ella. El váter sabíamos que le llamaba la atención y compramos un adaptador. Creímos que un orinal gracioso también despertaría su curiosidad.

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El orinal lo compramos en Amazon

  • Curiosidad por el orinal y deseo de utilizarlo. Por esa época se desvestía ya sola, algo que me parece imprescindible si pretendemos que use el váter de manera autónoma. El poder desvestirse sola es una señal de que empieza a estar preparada.
  • Hacer pipí en conjunto (ella en el orinal y yo en el váter)  pero sin hacer pipí, claro.
  • Hacer pipí en el orinal por casualidad.

Llegados a este punto, cometimos el error de intentar quitarle el pañal. Nos emocionamos con su “pipí por casualidad”. No fue a la fuerza, ella estuvo de acuerdo y decía que avisaría cuando tuviera ganas. Fue un #epicfail, porque no notaba cuando venía y por lo tanto no podía ni avisar ni controlarlo.

  • Quitamos el pañal y tiene un escape.

El error de quitarle el pañal antes de tiempo nos costó caro. Al orinarse encima, lo pasó fatal. Nadie le regaña, nadie le dice nada, pero ella se siente terriblemente mal y llora muchísimo. No es nada agradable hacerse pipí encima. Adquirió una especie de miedo y se negaba en rotundo a quitarse el pañal de nuevo.

  • No querer hacer pis en el orinal ni el váter. Ni hablar de quitarse el pañal.

Comenzó a mostrar una especie de apego por el pañal, que seguramente ya tenía, pero los acontecimientos acrecentaron. Así que comenzó a evitar el cambio de pañal, pero de verdad, no como cuando son muy peques y huyen jugando. Le pedimos que por favor nos avisara cuando se hiciese caca o por lo menos contestase la verdad, porque negaba que lo tuviese manchado. Así estuvimos mucho tiempo, unos 3 o 4 meses.

Después tuvo una época en la que se escondía para hacer caca y luego avisaba de su hazaña, lo que quiere decir que notaba cuando lo va a hacer. Incluso se preparaba un sitio debajo de una mesa o se rodeada de juguetes a modo de valla de protección. Pero le molesta que le peguntes si lo ha hecho.

Al ver que parecía que controlaba aguas mayores le quitamos el pañal con su participación. Otro #epicfail porque no controlaba el pipí. Vuelve otro pequeño “retroceso”.

Sobre los 3 años comienza a decir cuándo va a hacer pis en el pañal. Lo notaba, pero no sabíamos si lo controlaba y no quisimos jugárnosla de nuevo.

Y la huida para cambiarle el pañal sigue. Hasta el punto de hacerlo muy difícil y ser tan esquiva que en dos ocasiones se le escoció el culito por llevar mucho tiempo el pañal manchado.

Hablé con ella en esos cambios de pañal con culito irritado. Le expliqué por qué le pasaba eso, y lo entendió entre llantos, aunque seguía diciendo que no quería cambiarse el pañal. Supuse que el cambio le parecía incómodo y ese era realmente el problema. Así que cambié la perspectiva y le dije que no tendría que cambiarse el pañal más si no lo llevaba. Que podíamos probar a quitárselo y a hacer caca y pis en el váter.

Su respuesta fue: “Me parece una buena idea mamá”.

Jamás olvidaré esas palabras y su carita mientras las decía.

 

Al día siguiente le quité el pañal y le dije que si tenía ganas de ir al baño me lo dijera. Se pasó el día entero pidiendo ir al baño y haciendo pis en el váter. El orinal lo tenemos de adorno porque no lo quiere utilizar.

En esos primeros días no se hace pis encima ni una sola vez, pero tampoco hace caca. Así que por la tarde noche antes de acostarse, le pongo el pañal y hace caca, por lo que también lo controla, aunque se siente rara haciendo caca en pañal y nombra las braguitas, como si no tuviera muy claro qué lleva puesto. Se deja cambiar y por la noche duerme con pañal.

A la semana de quitarle el pañal diurno, hace caca en el váter y hasta ahora.

Si, ha tenido algún accidente, tres contados, durante los dos primeros meses. Uno de ellos fuera de casa y todos relacionados con estar jugando tan distraída que no tiene tiempo de nada más.

Y por la noche utiliza pañal, pero lleva meses sin manchar por la noche, incluso se despierta y levanta para hacerlo, así que en cuanto ella quiera, lo hablaremos y quitaremos el pañal nocturno, porque ya he visto que el consenso y la comunicación funcionan también en este tema.

Nuestra experiencia

Durante toda esta etapa ha habido, adelantos y retrocesos, que no hubieran pasado si no hubiéramos forzado la situación en algún momento. Un error de los adultos que nos emocionamos más de la cuenta y que a veces, creemos que ya debería haber dejado el pañal porque fulanita o menganita ya se lo ha quitado, o porque se supone que con X edad ya no debe llevar pañal.

Puede que alguien piense que 3 años y dos meses es mucho tiempo. Yo creo que lo importante no es cuándo, si no el cómo, y tengo la sensación de no haber hecho una “operación pañal”, de no haber tenido preocupación, ni quebraderos de cabeza, ni la fregona a mano todo el día, ni mil mudas por lavar llenas de orina. Hubo intentos que se abortaron en cuanto se vio que no era el momento y se dejó pasar el tiempo. La “no operación pañal” duró una semana y ha sido en pleno invierno,

Creo que lo importante es darse cuenta de la transición que supone para ellos dejar el pañal, algo que conocen de siempre, para comenzar a utilizar el váter o el orinal. Y siempre que hay un cambio, puede haber miedo, incertidumbre o una sensación de pérdida. Y debemos ser conscientes de ello, apoyarles y acompañarles en este proceso para saber si están realmente preparados.

Por eso nosotros escogimos esperar, esperar para todo, incluso para la escolarización.

Mi consejo es observar y escuchar, no dejarnos llevar por las prisas o plazos preestablecidos. Saber recular y parar, si vemos que nos estamos equivocando, y no presionar. Es mejor para todos tener una “no operación pañal” tranquila, y si es posible y nuestras circunstancias lo permiten, dejar que de manera natural aprendan a controlar sus esfínteres.

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¿Y escolarizar a los 4 años?

Si, se puede escolarizar en segundo curso de Educación Infantil. No, no pueden ponerte ningún problema por no haber escolarizado con anterioridad, ya que no es obligatorio. No nos ha pasado, pero si nos habían metido miedo con eso.

Cuando decidimos no escolarizar a Lucy a los 3 años (cuando ella todavía no los tenía) a primer curso de Educación Infantil, tuvimos críticas y apoyos a partes iguales. Las críticas, algunas fuera de lugar, provenían de las redes sociales, porque nuestro entorno, al conocer nuestras razones, nuestra situación, y sobre todo a Lucy, no tuvieron ninguna duda de que estábamos haciendo lo correcto.

Ahora, las circunstancias han

cambiado y Lucy ha cambiado.

No es lo mismo comenzar el colegio con 2 años y 9 meses que con un año más. Sabiendo hablar y expresarse como lo hace ahora, con un control de esfínteres estupendo conseguido de manera natural, con una autonomía que nos hemos dedicado a potenciar durante este año escolar y muy importante, habiendo tenido un contacto previo con clases extraescolares y sabiendo, más o menos, lo que es ir a clase. En un año ha crecido y ha cambiado muchísimo.

La necesidad de escolarización, que el año pasado yo alegaba como inexistente, ha mutado en deseo. Lucy quiere irrumpir en ese patio que alguna vez ha visto a través de las vallas del colegio, y al cuál no comprende por qué no puede entrar. Ella quiere estar con esos niños y niñas que juegan, aunque yo le explique que eso no es todo el día, y que luego entran a clase para aprender muchas cosas interesantes.

Las circunstancias de Lucy han cambiado, las mías también y actualmente tenemos un escenario diferente. Muchas de nuestras particularidades han desaparecido, y otras no dependen exactamente de nosotros. Y digo “exactamente” porque aunque tengamos elecciones en nuestra mano, a veces oscilan entre pocas opciones.

La realidad es que nuestra hija quiere ir al colegio y nosotros vemos que está más preparada que el curso anterior.

Si, después de hablarlo y sopesarlo, ya hemos echado la matrícula, en el centro elegido  de entre muchos por nosotros, su padre y su madre. Con el miedo en el cuerpo de “no poder elegir colegio” porque escolarizábamos más tarde, como todo el mundo nos advertía. Encontrando un centro educativo durante las jornadas de puertas abiertas estupendo, en el que teníamos pocas expectativas y que nos sorprendió muchísimo.

 

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Sus primeras fotos de carnet para algo muy muy importante. 😬 . Menos mal que al final fuimos a un estudio de fotografía, que además está especializado en fotografía familiar y de niños, porque no había manera de que Lucy me soltase 😅. . Cuando conseguimos que se sentase, después de juegos y coger confianza con los profesionales, me dijo agarrándome fuerte y en bajito que le daba mucha vergüenza. Mi niña… 😍 . Más tranquila, le consiguieron sacar estas fotos que nos tienen babeando. 😍 . Al final le gustó la experiencia y creo que quería que le hicieran más fotos, y es que en #HappyFaceFotografía tienen muchas tablas en esto. ☺️ Gracias @tico1 ♥️ . Ah! Si quieres saber para qué son estas fotos, aunque seguro que lo intuyes, te lo cuento en el #blog, 🔗 enlace directo en mi bio. 😉😘 . . . #fotografia #Lucy #primerasveces #littlegirl #curlygirl #estudiodefotografia #fotografiainfantil #fotoscarnet #3años6meses #MiLucecita #carabonita #chispas #photography #kidsofinstagram

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Una escuela pequeñita, de línea 2, muy cerca de casa, que trabaja por proyectos, dirigida a la diversidad, con profesores y profesoras jóvenes involucrados y emocionados, con materiales e instalaciones muy buenos para ser un colegio público, y con una directora que habla claro y da la impresión de querer al colegio y a los estudiantes como si fueran su casa y su familia.

¿Es el colegio soñado?

No, no lo es, pero se le parece bastante. Puede que el colegio perfecto no exista.

Es un centro en el que nuestra hija tendrá mucho tiempo de juego, en el que no utilizan libros trabajando por proyectos e intentan seguir el ritmo de cada niño y niña a la hora de aprender.

Las madres y padres podemos participar y les encanta que lo hagan, tenemos las puertas abiertas. Y tenemos en mente que mediante el AMPA o el consejo escolar podemos involucrarnos mucho más para intentar mejorar y cambiar lo que podamos. No vamos a quedarnos de brazos cruzados si algo no nos gusta. Por supuesto, estoy preparada para reivindicar, para descubrir qué cosas se pueden mejorar, para intentar hacer del centro elegido un lugar mejor para mi hija y para sus compañeros y compañeras.

No es una opción retrasar su matriculación en un colegio hasta que el sistema educativo actual cambie y aunque no estemos de acuerdo con muchos aspectos tendremos que elegir el que más se adecua a nuestros deseos.

Tenemos miedos, claro que si, muchísimos. Supongo que como todos los progenitores. Da igual lo mayores que sean o lo preparados que les veamos: Nos da miedo que alguien la trate mal, que sean injustos con ella, que se sienta desarropada o sola, que le pase algo y no nos lo cuente, notarla rara o triste, que no le guste ir al colegio, que lo pase mal… Por mi cabeza han pasado y siguen pasando miles de escenas, y muchas de ellas me causan ansiedad y desasosiego. Pero a Lucy no.

Ella está emocionada, y lo expresa, y quiere ir al colegio. Aunque un día lloró porque se dio cuenta que mientras ella esté en el colegio, mamá no estará con ella. Y me dijo que me iba a echar mucho de menos con una pena que jamás había tenido. Hablando del tema entendió que echar de menos a alguien significa que le quieres mucho y que se puede poner triste, pero luego mamá irá buscarle todos los días sin falta.

Hay otra razón, aunque no tiene que ver directamente con mi hija, y es que quiero reincorporarme al mundo laboral, por razones evidentemente laborales y económicas, pero llevo tiempo pensando que también lo necesito personalmente. Va a ser difícil encontrar un trabajo que me deje conciliar horarios y necesidades, ya ni hablo de conseguir un trabajo que realmente me guste. Y me siento algo egoísta, pero al mismo tiempo pienso que he preparado a Lucy para este momento: el momento en el que su madre no pueda estar con ella las 24 horas del día.

Así, pensamos que estamos haciendo lo correcto. Escolarizar a Lucy con casi 4 años es razonable para nosotros, aunque si nos equivocamos no dudaremos en rectificar.

 

La Maravilla de la Comunicación 

Nunca tuvimos prisa porque Lucy comenzase a hablar. Nunca nos ha preocupado. Yo siempre decía que no tendría nada que decir y creo que así era porque una vez se arrancó a hablar, no ha parado.

Desde el año de edad decía palabras sueltas, a los 18 meses decía varias palabras, las juntaba y se hacía entender aunque no siempre, pero el verano pasado, con dos años y medio, fue la explosión de la comunicación.

Solo quién ha vivido este momento tan especial sabe lo emocionante que es ver la cantidad de palabras que son capaces de aprender cada día, cómo van formando frases que dejan entrever su personalidad y cómo poco a poco esas palabras inventadas y graciosas cuyo significado solo conocíamos sus padres, comienzan a desaparecer y en su lugar se hacen fuertes las que la RAE acepta.

Se hacen mayores de repente con esos vocablos que hace unos meses era impensable que salieran de su boquita, con ese esfuerzo para que cada fonema corresponda.

En un ataque nostálgico, somos los adultos los que seguimos utilizando esas palabras bonitas y primitivas que solo nosotros entendíamos. Porque la realidad es que ya no volveremos a escuchar un “teki” (chocolate), un “funa” (funciona), un “paki” (parque), un “ieiets” (dientes)…

Aunque Lucy ha sido “tardía” en hablar según mucha gente, cuando lo ha hecho ha sido un tsunami de palabras bien dichas, de verbos bien conjugados y de expresiones coloquiales que no le hace falta escuchar más de un par de veces para añadirlas a su día a día. Se estrenó completamente a lo grande.

Te cuenta todo, lo que ha hecho hace un rato, lo que hizo ayer y lo que hacía cuando “era pequeña”. Y no solo le entendemos nosotros, le entiende todo el mundo. Habla por teléfono con personas imaginarias y reales, juega con sus muñecos con distintas voces reproduciendo conversaciones completas, representa el capítulo de “Ladybug” que acaba ver a la perfección. Ya no solo baila, también canta y se inventa las canciones, tiene una imaginación desbordante y el lenguaje le permite plasmarlo de nuevas maneras.

Y por supuesto, te contesta y se defiende ante injusticias, te dice que le dejes en paz, que no va a contestar si “si” o si “no” (por si acaso lo utilizas en su contra). Pero también te dice que te quiere mucho, que le des un abrazo, un beso de amor, y que lo siente…

Agradece todo, desde que limpies su habitación porque está “mi mi limpita”, hasta que compres comida. Valora lo que haces por ella y ahora puede expresarlo.

Los “¿por qué?” llenan nuestro día a día y la contestación deriva en temas interesantes, su comprensión evoluciona al mismo tiempo que su capacidad de comunicarse.

Su personalidad se deja ver a través de sus palabras. La comunicación completa sus alegrías, sus enfados, sus tristezas… Conoces lo que sucede dentro de su cabecita, su manera de pensar, su nobleza y sus deseos. El puzzle se va completando y es maravilloso seguir conociendo a la persona en la que se está convirtiendo.

Vivimos una etapa maravillosa en la que las risas y los juegos han evolucionado, las confidencias y los momentos de cariños se han desarrollado y son cada vez mejores, y las conversaciones superan cualquier cosa que hayamos imaginado.

“¡Eso no se dice!” o cómo gestionar las palabras prohibidas cuando aprenden a hablar

Cuando los peques comienzan a hablar aprenden todas las palabras y expresiones que oyen, son monitos de repetición, por eso es muy importante tener cuidado con lo que decimos en su presencia.

Las palabras o expresiones prohibidas son las palabras malsonantes y palabrotas que los adultos soltamos casi sin darnos cuenta y en diversas circunstancias, pero que al ser padres comenzamos a tener muy presentes porque nuestros retoños aprenden y reproducen con asombrosa facilidad.

En nuestro caso, tengo que confesar que la que más palabras prohibidas dice en casa soy yo, y soy la persona que más tiempo paso con mi hija, así que dejar de utilizar estas expresiones se ha convertido en todo un reto para mí.

La primera vez que Lucy emuló una de estas palabras tan feas no pudimos culparla. De hecho la sorpresa y la risa se entrelazaban, porque ver a una cosita tan pequeña con esas palabras en la boca es impactante.

Sabemos que las aprende de nosotros y que el problema es nuestro, no suyo. Así que le explicamos que esas palabras son muy feas, que no se dicen y tomamos la decisión de llamarnos la atención entre nosotros cuando alguien utilizase alguna de estas palabras prohibidas en casa. Creemos que es lo más justo para todos y de este modo, Lucy entiende mucho mejor la prohibición.

No es lo mismo que solo le regañemos a ella si dice una palabra malsonante, que vea que cuando papá o mamá lo dicen, también son regañados.

 

De hecho, además de aprenderse las palabras prohibidas genial (para no decirlas), las identifica en seguida en una conversación y se ha apuntado al carro la primera para llamar la atención. En cuanto oye alguna, exclama: “¡Eso no se dice!”. Le damos la razón y pedimos perdón. No solo hemos conseguido que entienda que esas palabras no se deben utilizar,  si no que está muy concienciada a la hora de enseñarnos también a nosotros. Tiene el mismo derecho a regañarnos y se siente parte de esta “operación contra las palabras prohibidas”.

 

Niña haciendo gesto de silencio

 

El hecho es que nos cuesta mucho más a nosotros dejar de decirlas, pero creo que al pedir perdón, ella se da cuenta de que las personas somos humanas y nos equivocamos. Es importante que tome consciencia de que nadie es perfecto, pero que intentamos hacer las cosas bien. Que sus padres le den la razón y se disculpen es una lección de humildad que nos gusta enseñar a nuestra hija.

Casi sin planearlo, hemos encontrado una forma estupenda de dejar de decir palabrotas y evitar que Lucy las repita. Sin castigos por decirlos, sin premios por no hacerlo, y en la que todos participamos con la idea de que esas palabras no se deben decir.

Resumiendo:

  • No te rías cuando comience a decir ese tipo de palabras. Creerá que te hace gracia porque es divertido y enviarás un mensaje erróneo.
  • Buscad de dónde viene el problema y erradicarlo.
  • Explicad que son palabras que no se deben decir, porque hacen daño a la persona que los oye, por ejemplo.
  • Si llamáis la atención a los peques, lo justo es llamarle la atención a todo aquél que diga este tipo de palabras en su presencia. Seguro que el resto de adultos lo entienden y participan. De esta manera es probable que los peques no sientan que es a los únicos que regañan y que cambiar ese mal hábito es cosa de todos.

Lucy va ganando por ahora porque es a la que menos regañamos, y con esto de llamarnos la atención cuando se oye alguna palabra prohibida en casa, la alarma salta y se oye un “¡Eso no se dice!” bien alto y firme.

 

¿Cómo lleváis en casa el tema de las palabras prohibidas?